El arte del buen morir

Es conocida la importancia de vivir ocupando el propio espacio y el lugar que a cada un@ le corresponde en su sistema familiar para vivir en equilibrio, coherencia y desarrollar el propio potencial de vida. Al respecto he descubierto hace unos meses, a través de la relación con mi madre que, aunque haya sido difícil o imposible ocupar el lugar adecuado, tal vez por encontrarse dentro de un sistema bastante desestructurado a nivel de vínculo, nunca es tarde para realizar un movimiento a favor de las corrientes vitales y restablecer el orden natural y armónico de la vida y por ende de las relaciones aún ya, algunas veces, en el propio lecho de muerte de una de las personas implicadas en dicha relación. Es incuantificable el efecto sanador de este movimiento para el que parte y para el que se queda. Descubrí que nunca es tarde si se llega a tiempo antes de la partida y que años de desequilibrio y caos quedan por fin en paz cuando las palabras necesarias son pronunciadas y los límites necesarios son puestos desde el amor. En ese momento mágico y casi inexplicable, cae el telón de fondo del teatro tantas veces representado y te encuentras por primera vez con la persona que durante tantos años ha representado el papel de ti misma, ahí a tu lado… Y la ves y te ve… Y cada una sale del tan conocido personaje para ocupar su propio lugar… Y por fin ves a tu madre… Y por fin eres vista como hija… Y no hay nada igual ni que le de más sentido a la existencia. La raíz.
Es indudable la importancia de una llegada al mundo digna, respetuosa y con amor. Pero sin duda, la forma en que dejamos este plano existencial es, si cabe, tan o más importante que la primera, ya que el último gesto, mirada, palabra y/o emoción consciente que tengamos la suerte de experimentar en ese mágico momento de transición, será el que cierre y de un sentido último a nuestra experiencia de vida. El broche final, el portal emocional y energético que nos permite un tránsito más sereno y consciente a ambas partes. Bien podría denominarse, y a mí me gusta llamarlo, “el arte del buen morir”.

Gracias mamá.

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